viernes, 3 de junio de 2016

Microrrelaro

Domingo por la mañana, calles vacías, el viento suave pero frío me acaricia la cara.
El agradable sonido de las olas al romper cuando paso por el puente y un reconocible olor a café amargo que flota en el ambiente me reciben.

Las pocas personas que me encuentro me dan los buenos días y siguen su camino. Yo, que sigo el mío, me dirijo hacia el pasadizo por el que he pasado tantas veces, y me siento en uno de los bancos de la plaza a escribir y a escuchar a los pájaros que ya cantan las primeras melodías del día. Escribo por lo que se siente como horas, ya escucho el bullicio de la gente que llena la calle. Me asomo al puente y desde allí puedo tener una vista privilegiada de la hermosa ciudad en la que vivo...

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